vendredi 10 juillet 2026

UN COMUNICADO RADIAL

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COLOREADA POR NOSOTROS
FOTO  ILUSTRACIÓN CHILE 1973
Un comunicado radial / Cuento de Georges Aguayo  / Me despierto con la impresión de haber dormido poco. El reloj despertador indica que fueron ocho horas, pero mi cuerpo reacciona como si todavía tuviera mucho sueño.

Georges Aguayo

mientras me levanto me hago algunas preguntas. Desde hace unos días todo está patas para arriba, el ambiente está enrarecido, las cosas ya no están en el sitio donde deberían estar.

No me gusta el programa que la radio local transmite a esta hora. Un primer reflejo sería prender el aparato que tengo encima del velador, pero no lo hago. Prefiero seguir cavilando…

En esta casa no hay ducha. Lleno un lavatorio con agua; después de lavarme y vestirme tomo un desayuno bien frugal, porque no dispongo de mucha plata para hacer compras.

Hace unos días, con mi prima Grimilda, Fernando —su hijo ya mayor— y Luis, su marido boliviano, fuimos a un restaurante especializado en parrilladas. No recuerdo el nombre del local. Mi cerebro necesita, cuando tiene muchas cosas que procesar, olvidar los detalles menos importantes.

Lucho pidió una botella de vino tinto. Yo tomaba una gaseosa, pero igual me serví un vaso. Como nunca bebo alcohol, terminé un poco mareado…

Durante esa noche, Lucho dijo que debíamos disfrutar de ese momento porque, seguramente, era la última vez que estaríamos todos juntos. Eran palabras parecidas a las que pronunció Jesús durante la Última Cena.

Luis había logrado ingresar al país disfrazado de cura. Mi prima Grimilda y yo fuimos a esperarlo a la estación. Cuando llegó a esta ciudad estaba agotado. Había hecho el viaje en segunda clase desde La Paz y casi no había podido dormir. Su vagón venía repleto de mujeres aymaras, de sombrero y faldas multicolores, que, a cambio de un buen cocaví, le pedían consejos espirituales.

Por suerte, el falso cura había estudiado en colegios católicos y pudo improvisar algunas frases con el tono que convenía a la situación. Encarnaba tan bien ese papel que, en Ollagüe, sus documentos falsos no despertaron sospechas y pasó colado.

Debido a su indumentaria, el reencuentro con mi prima Grimilda fue muy formal: ningún contacto físico, solo un saludo verbal. Las efusiones sentimentales vendrían más tarde; primero debía deshacerse de la sotana.

Mi prima Grimilda lo regañó diciéndole que se estaba poniendo demasiado lúgubre.

Después de cenar, Fernando volvió de inmediato a su casa. Hacía pocos días había sido padre por primera vez y no podía quedarse mucho rato más.

Mi prima Grimilda, Lucho y yo pasamos a otro boliche, donde ellos pidieron aguardiente. A mí también me habría gustado tomar una copa, pero, visto mi aspecto adolescente, tuve que contentarme con otra gaseosa.

Cuando llegamos a casa, en lugar de irse a dormir, Lucho se preparó una taza de café. Con el aparato que ahora está encima del velador estuvo durante un buen rato escuchando emisoras bolivianas. Oriundo de Santa Cruz, una ciudad situada, me parece, en la Amazonía, probablemente no podía captar programas de su ciudad natal, pero sí las emisoras de La Paz.

...

Por suerte, antes de que nos perdiéramos de vista, mi prima Grimilda tuvo tiempo de entregarme una copia de las llaves y puedo entrar en esta casa.

Como solo puedo conversar con los muros, cuando vengo las horas se me hacen largas. A veces veo un poco de televisión, pero la apago enseguida: la imagen no es buena.

Este barrio no es muy tranquilo. A pocos metros de la casa, la calle Eduardo Abaroa* termina en una punta de diamante, donde hay una bencinera. El tránsito de vehículos es permanente y, cuando pasa un camión, las ventanas tiemblan.

Ya son las siete y media. Me pongo la chaqueta del uniforme y me voy. Respetando las instrucciones de mi prima Grimilda, cierro la puerta con doble llave.

En el paradero del bus me encuentro con dos tipos de unos cuarenta años. Parecen demasiado bien vestidos para el lugar. Mientras uno vigila la llegada del bus, el otro lee el diario de la mañana. Ninguno de los dos se sube cuando el vehículo se detiene.

Yo me apuro en ocupar el único asiento que venía desocupado, dejando a otras personas de pie.

Miro por la ventana cómo desfilan las calles. Con disgusto pienso que esta ciudad nunca me agradará. Prefiero el ambiente del campamento, donde, si las informaciones de mis familiares son exactas, nació el autor de mis días, aunque a algunos allí les encanta contar historias falsas.

En el paradero de la última manzana de la ciudad, rumbo al campamento, sube un compañero del liceo. No somos muy amigos; apenas nos saludamos con un gesto de la mano.

En lugar de conversar con él, observo el paisaje árido. El bus avanza dando tumbos por culpa de los baches del camino.

Inclino un poco la cabeza para ver la imagen del campamento incrustado en los cerros. La escena permanece solo unos segundos en mi retina.

Nos acercamos a nuestro destino. El bus pasa bajo el arco de piedra de la entrada del campamento: "Bienvenidos a...". Sigue subiendo, pasa junto a uno de los teatros del campamento —un horrible edificio color ladrillo— y termina su recorrido en la plaza central.

Son apenas las ocho de la mañana.

La presencia de mi condiscípulo me molesta y, para librarme de ella, doy un rodeo por la feria comercial.

El recinto está cerrado. Cuando los kioscos funcionan, el ambiente es muy animado. La gente viene a comprar los artículos que no encuentra en las pulperías: juguetes para los niños, utensilios de cocina, ropa de diseño más original...

Mi prima Grimilda tiene la concesión de uno de esos kioscos. Después de que Lucho llegó de Bolivia y Fernando encontró trabajo como técnico en computación, comenzamos a vender libros, o al menos a intentarlo. Recuerdo haber pasado tardes enteras sin vender uno solo. Casi nadie se interesaba por los novelistas soviéticos ni por las sutilezas teóricas del materialismo histórico.

Sigo caminando por la avenida que conduce al Americano. Cuando llego al liceo, los hijos de los supervisores ya están allí con sus autos. En el país vemos demasiadas series estadounidenses y, en este rincón provinciano, esos alumnos —indeseables en otros colegios de la región— pueden vivir la ilusión de estudiar en un campus made in USA.

El único inspector del liceo, un tipo la mar de pesado, abre el portal y comienzan a entrar los alumnos.

Yo espero a que llegue Virginia. No somos pololos, pero a menudo andamos juntos.

La mañana transcurre como de costumbre. Después del recreo de las diez tengo clases con Rosa Carbonell.

Ese día anda vestida con falda. Finge no darse cuenta de que la miro con insistencia e imparte su clase como si nada. Salvo yo, todos los alumnos toman apuntes.

Rosa Carbonell abandona la sala apenas suena la campana. Un alumno intenta detenerla para reclamarle una nota, pero ella lo deja con la hoja en la mano.

Al término de la jornada, en lugar de volver de inmediato a casa, me voy a dar una vuelta por el Refugio.

Cuando paso frente al cine Variedades veo que vuelven a exhibir Soplo al corazón, una película francesa que meses atrás vi con mi prima Grimilda, una amiga suya y la hija de esta.

Imposible olvidar aquella ocasión. Aprovechando la oscuridad de la sala y que los adultos tenían los ojos puestos en la pantalla, la chica y yo vimos la película apretándonos fuerte las manos.

En el Refugio —un semisótano de atmósfera underground, decorado con afiches de Jimi Hendrix y Janis Joplin— almuerzo un sándwich de mortadela con queso y una bebida.

Mientras como, escucho las conversaciones de mis compañeros. El liceo es pequeño: un verdadero hervidero de chismes.

Al cabo de una hora, más o menos, todo ese mundo se va para su casa.

En el terminal tengo que esperar más de media hora antes de poder tomar un bus. Normalmente salen cada diez minutos, pero ahora todo es extraño.

Esa tarde no retomo la novela que estaba leyendo. Tengo los nervios demasiado alterados y no puedo concentrarme.

En lugar de leer, duermo una siesta. Despierto cuando ya es hora de tomar once.

En la despensa encuentro un paquete de fideos cabello de ángel. Pongo agua a hervir en la tetera y los cocino como una vez vi hacerlo a Lucho: igual que el arroz.

La cantidad que preparo es abundante. Mi estómago recibe con agrado ese arribo masivo de comida; desde hace unos días ha debido soportar momentos de escasez.

Después de cenar y de lavar todo lo que ensucié, salgo un rato.

Desde un almacén llamo por teléfono a una hermana de mi prima Grimilda. Espero unos diez minutos, pero nadie responde.

Aunque todavía es temprano, las calles están casi desiertas. Camino hasta la plaza y me siento en un banco. Observo la vegetación. Como en tantas otras plazas, pese al frío del invierno, también aquí hay palmeras.

Vuelvo a casa cuando comienza a oscurecer.

Una vez tendido en un sillón, ni siquiera intento ver televisión. La imagen es demasiado mala. Cuando los tiempos lo permitan, alguien tendrá que subir al techo para reparar la antena.

Voy a buscar la radio al dormitorio y la dejo sobre la mesa.

Durante un rato trato de captar emisoras en onda corta, pero el sonido es deficiente y me cuesta entender lo que dicen. Termino sintonizando la radio local.

Mientras escucho música pienso en mi lejana familia nuclear. No los echo demasiado de menos. Los odio y me siento mucho mejor sin ellos.

La noche avanza.

El locutor anuncia "Antofagasta dormida", una canción dedicada a todos los nortinos, a los nacidos en la región y, por supuesto, también a los de corazón.

No alcanzo a oír una sola nota del tema.

El programa es interrumpido para dar paso a un comunicado militar.

El contenido es claro y lacónico.

Por razones de seguridad nacional, un grupo de extremistas acababa de ser fusilado en la ciudad.

En la lista de ejecutados figura también el ciudadano boliviano Luis Buchs Morales.


Eduardo Abaroa (13 de octubre de 1838 – 23 de marzo de 1879), héroe nacional de Bolivia.

 Georges Aguayo

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FOTO  ILUSTRACIÓN CHILE 1973

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