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| TEATRO DEL CHÂTELET / SITUADO EN LA PLAZA DEL CHÂTELET, EN EL DISTRITO 1 DE PARÍS (A POCAS PARADAS DE METRO DEL HOTEL), EL TEATRO DEL CHÂTELET SE INAUGURÓ EN 1862. EN LA ACTUALIDAD OFRECE ÓPERAS, CONCIERTOS, MUSICALES Y ESPECTÁCULOS DE BALLET CLÁSICO DE GRAN CALIDAD. FOTO PHOTO LE TEMPLE DE JEANNE |
Plaza Châtelet / Cuento de Georges Aguayo / El Théâtre de la Ville y el Théâtre du Châtelet, dos naves insignia de la escena parisina, difunden su arte desde esta plaza. Días después de haber aterrizado en París, me reuní con dos chilenos en este mismo lugar. Nuestra cita era en un café junto al Théâtre du Châtelet. Separados por una fuente, los dos teatros se miran las caras.
Georges Aguayo
Llegué con un poco de retraso. Aquella tarde andaba de paseo por el Barrio Latino. Para desconsuelo mío, no encontré a la Maga por ninguna parte.
A Julio Cortázar lo vería más tarde en la Sorbona, durante un mitin en apoyo a la revolución sandinista. No pude declararle mi entusiasmo por Rayuela: el anfiteatro estaba lleno, él ocupaba la tribuna y yo me encontraba sentado en las graderías del fondo.
Durante aquel mitin, algunos latinoamericanos se burlaron de un diplomático mexicano. La pronunciación francesa de aquel señor parecía correcta, pero hablaba con un ritmo que los franceses, sobre todo los habitantes de la región parisina, habían perdido hacía mucho tiempo.
A estas alturas de la vida, mi dominio oral del francés es relativamente correcto. Para que lo fuera de verdad, tendría que corregir esa manía chilena de hablar rápido y comerse las letras.
A aquel mitin en la Sorbona fui con María Carmen, una chilena a la que había conocido en Massy, un pueblo situado al sur de París. Como siempre andábamos juntos, los latinoamericanos que nos conocían pensaban que éramos pololos.
Cuando terminó el mitin, pese a que todavía era temprano, María Carmen no quiso entrar conmigo en el jardín de Luxemburgo. Nos separamos a la entrada de la estación del mismo nombre.
Por entonces, yo todavía no había despegado de Massy, punto de llegada de muchos latinoamericanos. María Carmen ya se había mudado con su madre a un departamento cerca de la Porte de Clignancourt, el lugar donde, meses antes, la policía había ejecutado a Jacques Mesrine, un gánster cuya biografía ha servido de inspiración a numerosos escritores y cineastas.
Coincidencia de calendario: por aquellos meses también habían encontrado, en el bosque de Rambouillet, el cadáver de un ministro del Gobierno de Valéry Giscard d’Estaing.
Siempre me he dicho que algún día tengo que ir a ese bosque. Una vez le propuse a María Carmen que fuéramos juntos.
—Rambouillet está demasiado lejos. El pasaje en tren debe costar muy caro —me respondió.
Estudiar en la Sorbona es el sueño de muchos latinoamericanos.
Repito los estereotipos de siempre: Mayo del 68 en el Barrio Latino, Los Machucambos, Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui. Y, para desgracia de los literatos, la irritante presencia de una manada de latinoamericanos con pretensiones de escritores…
María Carmen y yo nos matriculamos en una universidad del extrarradio. Como no le había contado que pensaba estudiar, se sorprendió mucho cuando se encontró conmigo en la secretaría del Departamento de Civilizaciones Ibéricas. La idea de compartir cursos conmigo no le agradó demasiado. Sin embargo…
El currículo universitario era flexible: los estudiantes elegían sus cursos. Además de los que seguí con Miguel Rojas Mix y Patricia Espejo, en el Departamento de Civilizaciones Ibéricas, y con Mario Figueroa, en el Departamento de Historia, también me inscribí en el Departamento de Economía.
Mi profesor era un uruguayo que siempre llegaba tarde a la sala, cargado con una enorme cantidad de libros y papeles. Entre sacar su material y tomar la palabra, el curso ya se había terminado. Los estudiantes latinoamericanos lo apreciaban mucho: nadie salía reprobado en su asignatura.
Aquel profesor uruguayo me contó que una vez se le ocurrió solicitar la nacionalidad francesa. Al cabo de más de un año, la Administración le envió una carta larguísima y muy detallada para explicarle por qué no le explicaba los motivos del rechazo.
Contrariando mis buenas intenciones iniciales, no fui un buen estudiante.
¿Para qué ir a clases? Las conversaciones en español con otros estudiantes latinoamericanos me parecían mucho más interesantes: análisis de la coyuntura política, discusiones literarias y contactos —físicos y verbales— con el género femenino.
En la cantina del segundo piso vendían vino; en la cafetería del primero, cerveza. ¡Una buena curda cuando los ánimos andaban por los suelos!
Una tarde tuve la mala idea de tomarle la mano a María Carmen. Indignada por aquel gesto inoportuno, me apartó de inmediato.
Como había testigos, me lo tomé muy mal. Pero, en lugar de soltar una palabrota —yo soy un chico bien educado—, cogí mi mochila y me fui sin despedirme de nadie.
En Saint-Denis hay una basílica que alberga las tumbas de los reyes de Francia. Un chileno trabajaba allí y fui a visitarlo para olvidarme del mal rato que acababa de pasar.
No sé si lo hizo para levantarme el ánimo, pero el caso es que me contó, con aire muy serio, que a veces abría el féretro de María Antonieta para acariciarle la pechuga…
En mi tribu, los enojos duran una eternidad. Las ofensas graves no se perdonan jamás. Pero yo soy un miembro rebelde y, al llegar a casa, pensé que, si deseaba tener una historia sentimental con María Carmen, primero tenía que ponerme serio.
El lunes siguiente, después de terminar el curso que teníamos con Patricia Espejo, conversamos en la cafetería, delante de nuestras tazas de chocolate caliente.
María Carmen me dejó más claro que el agua que con ser amiga mía ya tenía bastante.
Nos despedimos con esos dos besitos en la mejilla que significan: «Desaparece de mi horizonte, renacuajo. No quiero verte más».
Por suerte, el segundo semestre estaba terminando. Durante dos meses no la vería en absoluto.
Al mal tiempo, buena cara. Durante aquellas vacaciones de verano entré a trabajar en una empresa distribuidora de revistas, muy cerca de los Campos Elíseos, un reducto sudamericano.
Junto a argentinos y uruguayos, tenía que ordenar los pedidos que llegaban por carta. Lo positivo de aquel trabajo, además de no ser demasiado intelectual ni tampoco manual, era que una tarjeta electrónica registraba las horas trabajadas. Llegábamos y nos marchábamos a la hora que queríamos.
En septiembre no volví a la universidad. Estaba harto de representar la comedia del estudiante latinoamericano que fracasa porque prefiere andar de juerga.
Era hora de comenzar a organizar mi vida adulta, reflexioné con seriedad.
María Carmen pasó, en teoría, al olvido.
Me fui a vivir en concubinato —término administrativo—. Guadalupe se llamaba la nueva elegida de mi corazón.
El azar quiso que ambos nos fuéramos a vivir a la calle Duhesme. El departamento de María Carmen estaba en la calle Championnet; es decir, vivíamos en el mismo barrio.
Los celos son una enfermedad universal. Guadalupe no quería saber nada de aquella compatriota mía, así que tuve que sellar con lacre y esconder en el fondo de una maleta todas las fotografías que me había hecho con María Carmen.
Durante algunos meses, nuestra principal distracción consistía en subir a Montmartre y contemplar desde allí los tejados de zinc de París.
Mi hilo de la vida —la figura de las Moiras siempre me ha fascinado…— continuó desplegándose.
Guadalupe quedó embarazada de gemelas. Para ciertas cosas, yo seguía teniendo una mentalidad bastante tradicional.
¡Los dos debíamos casarnos lo antes posible!
El trámite exigía un certificado médico que nos declarara aptos para la vida conyugal, la publicación de los bandos en un panel municipal y, finalmente, la ceremonia en la alcaldía del distrito.
Guadalupe pidió a una amiga que fuera su testigo. La mía fue la madre de María Carmen…
Los festejos tuvieron lugar en La Picada, un restaurante chileno que existía en el Marais. La familia de Guadalupe brilló por su ausencia.
La tarea principal de la familia es la reproducción. Un año y medio después nació Montserrat. Por entonces vivíamos en Montigny-lès-Cormeilles, un pueblo situado al norte de París.
Desde una ventana de nuestro departamento podíamos ver una extensa colina cubierta de bosque.
Como no quiero repetir aspectos de mi vida que ya he descrito en otros textos, voy a dar un salto en el tiempo…
Tras más de cinco años de ausencia del país, en noviembre de 2019 viajé a Chile con el propósito de asistir, por primera vez en mi vida, a la Primavera del Libro.
Durante los primeros días de mi estancia en Santiago visité poco a mi familia. Ellos preferían verme en dosis homeopáticas, y yo también. Por consiguiente, me pasaba todo el día metido en el hotel, viendo televisión.
Durante el primer día de la Primavera del Libro, el azar —que a veces me juega malas pasadas— me hizo encontrarme con María Carmen en la cafetería del GAM.
Seguramente guardaba un pésimo recuerdo de mis cualidades intelectuales. En la universidad yo andaba siempre a su remolque, de modo que verme en aquel lugar la sorprendió mucho.
Nos sentamos a conversar un rato en una mesa.
Mi carrera literaria no es muy brillante, así que preferí no hablarle de los libros que había publicado. Respecto a la revuelta social, todavía en curso en el país, tampoco tenía nada glorioso que contarle.
Nunca fui bueno para pelear, ni tampoco para correr. No podía enfrentarme a los pacos ni salir arrancando del guanaco…
María Carmen me preguntó cómo me llevaba con mi exesposa y con mi prole.
En la vida real no soy muy mentiroso. Le respondí que mi situación familiar era más bien catastrófica.
Aquel hecho le confirmó la imagen de rayado que siempre había tenido de mí. Y, como diría mi tocayo Georges Brassens, eso no se arregla con la edad…
Cuando le propuse que fuéramos juntos a Pomaire, no quiso acompañarme.
Pienso que algo de razón tenía: las artesanías de greda que venden en aquel pueblo son horrorosas.
Las noticias sobre la revuelta chilena habían dado la vuelta al mundo. Dos meses después, en el Théâtre du Châtelet, se celebró un acto de apoyo en el que tocó la pianista chilena María Paz Santibáñez.
Una buena parte de la comunidad chilena se hizo presente, incluida su élite intelectual.
Cerca de las mesas donde vendían bebidas me encontré con algunos chilenos a quienes conocía desde hacía años. El ejercicio de siempre: contarse las arrugas, constatar los estragos de la calvicie y notificar la aparición de nuevas enfermedades.
Temperancia absoluta para todos, salvo para aquellos que se habían hundido en el alcoholismo y que, milagrosamente, todavía sobrevivían…
De repente, me di cuenta de que María Carmen estaba a mi lado.
Después de saludarnos con los dos besitos de rigor, se fue corriendo a ver un documental que iban a proyectar en el piso de arriba.
El interior del Théâtre du Châtelet es enorme. No volví a verla.
Cuando terminó aquella velada, regresé a casa. La fuente de la plaza seguía en su sitio.
Y yo, mientras caminaba, rumiaba en mi fuero interno un rencor eterno…
Argenteuil, 21 de octubre de 2026
Georges Aguayo
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| TEATRO DEL CHÂTELET FOTO LE TEMPLE DE JEANNE |

